
Primera bocanada de aire denso de la mañana. El recuerdo de ella entra a sus pulmones de golpe. Un dolor nauseabundo le punza el mediastino: estira el brazo derecho por reflejo. Da un manotazo casi involuntario sobre su tocadiscos: anestesia rosa fluyendo.

Hoy, como cada mañana de esta semana, una sofocante ola acida en la garganta me sacudió el sueño. Ya es de día de nuevo: respira con fuerza, hazlo. Desde que la conocí mis pulmones se aferran a su recuerdo, me duele el estómago y me siento ansioso. Estupidez: la operación fue infecciosa. Ahora me doy cuenta y es demasiado tarde; mientras yo remplazaba rutinariamente sus neurotransmisores, ella se implantaba en mi intestino. Es una profesional; lo peor es que lo sospeché desde que la vi: dejó a su acompañante, se acercó sigilosamente, dibujando una sonrisa venenosa sobre sus labios hinchados y me miró fijamente como un adicto orgulloso. Yo nunca compito, solo gano; en ese instante me pensé ganador una vez más…